sábado

Prodigio

 

No es esta soledad 
la que torna en llovizna 
las lenguas de la tarde.
Más bien es el gruñido 
del silencio que quiebra 
el estridente grito 
de un deseo azorado 
plantado entre el ropaje.

Las estrellas blanquísimas 
se suben a una barca 
vestida de susurro 
que asciende por los lirios 
de mi encaje interior. 
Cualquier valle se aturde 
una vez más y otra, 
y una más hasta el astro 
de tu sable infinito,
dónde encuentro mi casa 
y sus jóvenes náyades 
enjugando el arroyo.

Amarra ese pedazo de cénit,
  devórale las plumas 
al Fénix de mi sexo.
No hay tregua en el aire 
que regresa, minúsculo,
a encontrarme galopando 
en tus dedos de galápago...




 

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