No es esta soledad
la que torna en llovizna
las lenguas de la tarde.
Más bien es el gruñido
del silencio que quiebra
el estridente grito
de un deseo azorado
plantado entre el ropaje.
Las estrellas blanquísimas
se suben a una barca
vestida de susurro
que asciende por los lirios
de mi encaje interior.
Cualquier valle se aturde
una vez más y otra,
y una más hasta el astro
de tu sable infinito,
dónde encuentro mi casa
y sus jóvenes náyades
enjugando el arroyo.
Amarra ese pedazo de cénit,
devórale las plumas
al Fénix de mi sexo.
No hay tregua en el aire
que regresa, minúsculo,
a encontrarme galopando
en tus dedos de galápago...
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