Me adormezco bajo el aleteo del ventilador,
este, mi templo sudado, se deja caer vencido.
Somnolientas, las sombras se agitan con las luces
y apagan con sus risas mi trémulo silencio.
La carne se agiganta, impalpable y sumisa.
¿Con que destreza asume
las huellas del hastío?

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